Más allá de la guerra y el hambre

May 18th, 2008. Escrito por fufo | Sin comentarios

Más allá de la guerra y el hambre

Debajo de las túnicas, las mujeres de Sudán esconden una realidad trágica, Foto: AP

Sudán prohibió la mutilación de los órganos sexuales femeninos, pero aún no logró erradicar esa costumbre ancestral que proviene del Antiguo Egipto.

Las calles de la ciudad de Al Nahud se levantan entre arenas provenientes del Sahara. Desprovistas de alumbrado –allí no hay lámparas y pareciera que no las hubo nunca– a oscuras, no se ve ni un alma mientras avanzo con la luz de la luna que me guía hasta un pequeño farol encendido. Este alumbra una al-siti-al-shai (vendedora de té) y logro así adivinar, entre los pocillos, la túnica colorida de la mujer. La escasa luz se hunde en sus mejillas y logra acentuar sus flacos rasgos típicamente africanos. Cuando me detengo y me siento en la sillita, su mirada se clava en mi cara, no me rehúye temerosa. Observándome como una estatua oscura, permanece inmóvil hasta que sonríe con sus ojos muy negros y brillantes.

El farol da una luz aceitosa a su cara entre los cambiantes matices de su vestido. De sus brazos cuelgan brazaletes de oro que se distinguen por su brillo en la noche. Entonces continúa con la repetitiva serie de preguntas –con tono casi confidencial– que ya conozco de memoria y que respondo también de memoria.

–¿Cómo estás?

–Muy bien, comento mientras ella introduce sus dedos en distintos frascos, saca pociones y las coloca en un tarro que oficia de cafetera. A sus espaldas, una cartera colgada del tronco del árbol sirve como caja registradora. Allí irán a parar los dinares, tan sucios y arrugados que, a veces, resulta casi imposible diferenciar su valor.

–¿De donde vienes?

–De Argentina.

–¿Te gusta Sudán?

–Es un país hermoso.

A continuación, con un gesto de profundo respeto, reverencial, coloca una pequeña mesita de plástico y trae la bandeja reluciente con ghawa (café). El exquisito perfume del cardamomo y el sabor picante del jengibre devuelven la energía que uno necesita tras un día agotador. Sólo se ve a una mujer de millones, pero debajo de cada túnica, para la mayoría de ellas, en Sudán y en el África Subsahariana se esconde una realidad dramática cuyo origen se remonta a miles de años atrás: la mutilación de los órganos sexuales femeninos.

Práctica ancestral. “La mutilación femenina es una práctica cultural que proviene del Antiguo Egipto. Desgraciadamente, su distribución geográfica coincide, en gran parte, con el mundo islámico y a veces se la presenta interesadamente como una cuestión religiosa”, comenta el médico Omar Bakri mientras recorremos la Facultad de Medicina de esta ciudad situada a pocos kilómetros de Darfur.

Para avalar sus palabras el profesional agrega que, “en países musulmanes como Irán o Siria, no se efectúa y sí, en cambio, entre las poblaciones cristianas y animistas de África. A tal punto está arraigada la mutilación que muchos padres que viven en países occidentales usan como pretexto el viaje para visitar a su familia y aprovechan para traer a sus pequeñas y practicar la operación, algo que está absolutamente prohibido en los lugares donde viven. Hace pocos años, Sudán declaró también la proscripción, pero no es fácil erradicar una costumbre tan ancestral”, concluye Bakri.

El verdadero poder. Más allá de la retórica fundamentalista, el verdadero poder del Islam es demográfico: las sociedades occidentales no tienen la capacidad de reproducción del mundo musulmán. Muchas veces las condiciones de vida de la mujer pueden horrorizar tanto (la mutilación genital, el uso casi obligatorio del velo, la división y segregación sexual en lugares públicos como escuelas y transportes) que dejan de lado el hecho de mayor poder: el incremento de la fecundidad es mucho más importante y, no obstante, es poco tenido en consideración a la hora de analizar en profundidad el abismo que separa a los países islámicos de Occidente.

Además, la prohibición del aborto y la posibilidad de casamiento a muy temprana edad (en Sudán la ley lo permite desde los 13 años) ayudan a explicar el elevado índice de fertilidad de los países musulmanes, en contraposición con la pronunciada caída que, desde la década del ’70, experimentan los países de Europa y gran parte del mundo.

Mientras las mujeres occidentales tienen igualdad de derechos, estudian y trabajan sin discriminación y pueden abortar en gran parte del Primer Mundo, las mujeres sudanesas –desde muy pequeñas– deben acarrear agua, juntar leña, construir la choza, hacer las tareas más duras del campo y satisfacer en todo momento al varón de la casa.

Las cifras estiman que, en 2005, cada mujer europea tenía sólo 1,2 hijos en su vida, frente a siete en Sudán. Las consecuencias de estos dos puntos de vista diametralmente opuestos están resultando dramáticas y de largo alcance. Europa necesita cada vez más inmigrantes para mantener su actual nivel de vida. ¿Pero de dónde vienen? Especialmente de los países musulmanes. El Viejo Mundo se está llenando, literalmente, de mezquitas y minaretes y las predicciones indican no sólo el colapso del cristianismo –en todas sus vertientes– sino el predominio islámico en Europa hacia fines del siglo 21.

Arde Sudán. Como estoy empeñado en ir a Darfur, vivo vigilante esperando la oportunidad de conseguir el permiso indispensable y, durante estos días descubro, una vez más, que a veces me impongo más fatigas que si me conformara con menos o dejara de pretender tanto. Al fin de cuentas nadie puede escapar a su propia sombra y, la mía, pretendo extenderla hasta Darfur.

Mientras espero ese día, Sudán arde de acontecimientos: el retorno de cientos de miles de desplazados y refugiados hacia el sur del país; el censo poblacional –ahora aplazado y con fecha incierta–; los mitines políticos donde la gente se congrega –de noche, cuando el calor mengua– rodeando a oradores custodiados por soldados armados hasta los dientes.

Este pueblo sudanés tan hospitalario parece buscar alguna alternativa a sus desdichas. ¿Ha mejorado Sudán en los últimos años desde que se firmaron los acuerdos de paz y la guerra civil entre el Norte y el Sur concluyó? Tan devastado está el país por las guerras, el hambre y la miseria (especialmente en el sur) que muchos creen que, en realidad, esos acuerdos han significado el acta de defunción de Sudán.

“El régimen fundamentalista de Jartum nos ha llevado al desastre, ha gastado las fabulosas ganancias de la exportación de petróleo y sus elevados precios para armas y llenarnos de tumbas; para enriquecer a funcionarios y sólo se preocupa por el Norte”, comenta Yousif Elsiddeg en el mercado de Al Nahud.

Llegar hasta aquí implica atravesar las zonas semidesérticas del oeste sudanés, donde los caminos son apenas huellas transitadas por camellos. Cuando el ómnibus roza los arbustos, salen miles de langostas.

Los mercados, o suqs, constituyen el lugar de cita de comerciantes y vendedores de toda suerte de productos y sitio donde se pueden encontrar los más diversos oficios. Muy concurridos, son un hervidero de gente hasta el anochecer, aún incluso cuando el sol cae despiadado al mediodía y el cielo se nubla de tierra.

En el mercado. En los suqs de la ciudad de Al Nahud los desniveles de las calles de tierra (en realidad, arena y tierra) dan paso a canales con aguas servidas y basura.

Mientras me siento en el mahall-shisha (Casa de Shisha) para fumar mi infaltable dosis diaria del exquisito tabaco con la pipa de agua, puedo ver pasar a los vendedores de agua arrastrando burros cargados de bidones plásticos, entre vacas enflaquecidas por la sequía que deambulan por todas partes sin que nadie las moleste, al mejor estilo de la India.

Desde este lugar, se domina la vista de la calle, donde fanfarronean las milicias armadas con sus vetustos fusiles; oran hombres que son piadosos (“o quieren aparentarlo”, a decir de mi amigo Ashraf); mascan y escupen al suelo el tabaco los más atrevidos y venden, donde queda algún sitio libre y pueden improvisar sus al-siti al-shai las mujeres. A pesar de la pobreza extrema y de mi inconfundible aspecto de extranjero, nadie me pedirá limosnas o me acosará como en Egipto.

Muy cerca, a pocos pasos, la estación de ómnibus (en realidad otro espacio caótico) chispea con sus vendedores vociferando destinos; hasta que la llamada al rezo por el estridente altoparlante de la mezquita cubra a todos los demás sonidos con su hipnótica repetición, imposible de sustraerse, de “¡Allah Akhbar!” (“Dios es grande”).

Sin embargo, pocos hombres acudirán al lugar. La mayoría prefiere inclinarse hacia la Qibla, la dirección a La Meca, formando grupos en el mismo sitio donde están.

Pablo Sigismondi (Texto y foto)
Especial

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Categorías: Prensa, información sobre lo que ocurre en Sudan, conflicto darfur

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